La familia de Idalí
Alejandra Ordóñez va a cumplir veinte años. Es bonita, morena, coqueta, viste ropa de marca y su cabello y manicura son llamativos, por lo colorido y cuidado. Vive en Pereira junto a su abuela, en una casa adornada, florida y aseada, con muebles y electrodomésticos modernos, una casa que atestigua más de diez años de esfuerzos y sacrificios de sus padres, emigrados a España desde el 2000.
Alejandra adora vivir en Pereira y no cambia a Colombia por ningún lugar del mundo. Estudia en una universidad privada y entre sus muchos proyectos de futuro está el de ir pronto a España, pero solamente a pasear y a estar con sus padres. Nunca a vivir.
Y es que Alejandra vivió cuatro años en Madrid, entre los ocho y los trece, y no guarda un buen recuerdo. “Yo me sentía muy menospreciada por mi color. Los niños me hacían sentir inferior, lloraba todo el tiempo”. El tiempo no ha borrado aquellas humillantes heridas y a su solo recuerdo, la voz de Alejandra se quiebra y de sus ojos brotan lagrimones.
Tarda unos instantes en sobreponerse y, como justificando su reacción, explica: “Yo era muy niña, y de niño una siente mucho más fuerte, me dolía mucho”. Los hipos y las lágrimas que siguen brotando contradicen su siguiente frase: “Ahora tengo otra visión de las cosas, ya no le paro bolas a eso”.
Alejandra volvió a Pereira porque no era feliz en Madrid. Sus padres trabajaban todo el día y cuando ella llegaba de la escuela le tocaba quedarse sola en la casa. No tenía amigos. Quería volver con su abuela, con sus amigos de infancia, se sentía sola y extrañaba mucho. Finalmente se decidió que regresase, aunque Idalí, su madre, nunca estuvo de acuerdo.
Alejandra habla por teléfono con su padre todos los días, incluso varias veces al día. Con su madre también, aunque algo menos. Sabe que su madre la extraña mucho y que se siente sola allá, aunque tiene amigos. “Generalmente los inmigrantes se relacionan con inmigrantes. Pero mi papá tiene muchos amigos españoles también. Ellos trabajan mucho, ella en oficios y él en una empresa de reciclaje”.
La mayoría de sus tíos y primos están también en España. “Toda mi familia acá en Pereira vive de las remesas y casi nadie hace nada, casi nadie trabaja. En ese sentido, la gente se vuelve como parásitos”. Reflexiona unos instantes y confiesa: “Bueno, yo acá tengo todo lo que quiero también gracias a las remesas que envían mis papás, pero no tengo su cariño aquí a mi lado, los echo mucho de menos”.
Aunque Alejandra está muy a gusto en su tierra, es consciente que Colombia “también tiene muchas cosas muy malas”. “A mí me duele ver niños en la calle metiendo droga desde los diez u once años. Eso no se ve en España. Además acá también me discriminan por morena en la universidad, no se vaya a creer… También me dan mucha pena los ancianos pidiendo limosna en la calle, la gente es muy insensible. Y a la juventud en Pereira la veo muy mal, muy pocos tenemos la posibilidad de estudiar en universidades. Sólo hay una universidad pública y es muy duro entrar. Y la gente se queja mucho de la falta de empleo, pero el trabajo hay que buscarlo, no te lo llevan a la casa. Muchos jóvenes, en vez de robar y meterse en combos y destruirse con las drogas, los que no pueden estudiar deberían trabajar”.
Una sonrisa tiernamente pueril inunda el rostro de Alejandra cuando otros recuerdos acuden a su mente: “No todo lo que viví en Madrid fue malo. Hay gente que lo hiere a uno, pero también hay gente que es muy buena, españoles que me decían que me envidiaban mi color de piel, que yo era muy expresiva, muy bonita… Es que los colombianos somos muy distintos de los españoles, somos rumberos, somos más ‘gamines’. España, como país me encanta, porque es muy limpio, lo mantienen todo tan bonito, tan bien cuidado. Por acá nadie limpia lo que hacen los perros.”
Pero a pesar de todo, Alejandra sabe que Pereira es su lugar en el mundo y sabe que siempre vivirá allí. “La capital de Colombia debería ser Pereira, querendona, morena y trasnochadora”.

















