La familia de Carmen y Aracelly
La voz, el acento, la vehemencia en el habla y en el carácter: inconfundiblemente, Gloria es hermana de María Aracelly y María del Carmen. Vive en la amplia casa familiar junto a hermanos, sobrinos y primos, rodeada de niños correteadores y en un ambiente de vitalidad y permanente alegría propias de su ciudad natal: Pereira.
La emigración de las mellizas generó ciertamente un conflicto en esta familia, pero la cuestión se ha podido sobrellevar con armonía gracias en parte al sentido común que distingue a Gloria, “hermana coraje” y “tía coraje” donde las haya. “Me tocó hacerlo con la primera hija de María del Carmen, me toca ahora con las niñas de María Aracelly… Como que el mundo gira siempre en el mismo círculo” –dice refiriéndose a sus tres sobrinas, criadas prácticamente por ella.
La hija mayor de María del Carmen ya tiene veintiún años y está casada. Valeria y Estefany, de doce y nueve años respectivamente, hijas de María Aracelly, están a cargo de Gloria desde hace casi un año. Cuando la madre emigró, las niñas quedaron a cargo del padre, pero visiblemente el espíritu matriarcal es muy potente en la familia Ríos y pronto se optó por que viviesen con la tía. “Mi hermana se mantiene muy pendiente de ellas, manda pa’ la ropita, pa’l mercadito, pa’ la lonchera… pero ella está allá, yo acá, así que de lo que es el día a día me encargo yo. La relación es muy buena, ellas son como mis hijitas, pero la verdad es que el vacío que puedan sentir las niñas no lo lleno yo, ni la mejor de las tías, ni nadie, sólo la mamá”.
Gloria es quien vigila la educación de las niñas, quien les da consejo, quien las mima, las reprende o las castiga. “La educación es la problemática principal hoy en Colombia. Cada cual debe educar a sus hijos, sembrar valores y principios. Pereira está muy violento, hay que estar muy pendiente de todo. No se vaya a creer que porque yo entre a mi niña a la casa por la noche, la de al lado va a entrar a la suya….”.
Gloria considera muy importante que las niñas sean conscientes que lo que les ocurre a ellas es moneda común para un gran número de familias en Colombia, que tengan siempre presente que su pena no es exclusiva. “Antes eran los hombres quienes arrancaban para Estados Unidos, para Madrid, para Europa… pero de veinte años para acá son las mujeres las que emigran, especialmente las del Eje Cafetero que es la zona que más mujeres tiene en el exterior. Eso ha hecho mucho daño a muchos niños, que se tuvieron que criar con las abuelas o las tías”.
Valeria y Estefany entienden perfectamente todo lo que su tía dice y asumen, con madurez temprana, que la ausencia es un componente fundamental de sus vidas. A pesar de ello, conservan la dicha propia innata de los niños. Para ellas resulta algo habitual comunicarse por teléfono o por chat con su madre. Saben que antes, cuando no existían las tecnologías modernas, era mucho más difícil y saben también que tienen la gran suerte de estar en comunicación permanente con su madre.
“Pero extrañamos los abrazos y los besos”.
“La ausencia es una cuestión de costumbre” –afirma Gloria. “Al principio, sobre todo la primera navidad separadas, uy, eso era como si hubiera un luto, una con ese dolor en el corazón. Al año siguiente una ya está mejor. Al tercer año, cuarto, quinto, sucesivamente va aminorando”.
Un bullicioso muchachito de tres años se empeña en jugar con su primita Estefany, pero ésta no le hace mucho caso, interesada en la conversación de los adultos. Vanessa, prima de las hermanas Ríos y madre del muchachito, lo coge en brazos a la par que comenta: “Además que no se sabe si están bien de verdad o qué, si están enfermas o aliviaditas, porque si están enfermas una sabe que no se lo van a decir, para no preocuparla”. El muchachito protesta y se retuerce, la madre lo suelta y sale corriendo como un ratón, colándose por la puerta de un dormitorio. Valeria, ejerciendo de jovencita responsable, sale tras el primito para cuidar de él.
Gloria recuerda: “Cuando Cely se fue, hace cuatro años, todo el mundo la crucificó. Acá tenía trabajo y familia. ¿A qué se fue? ¿A pasarlo mal? Ella me lloraba por el teléfono y a mí se me partía el alma. Un psiquiatra le llegó a decir a Carmen, si no manda ya mismo a su hermana de vuelta pa’Colombia, le va a tocar mandarla en cuatro tablas, porque estaba enloqueciendo de dolor”. El ceño de Gloria se frunce recordando aquellos malos días.“Ya lo ha ido superando” –y haciendo gala de su sentido común, añade: “Yo creo que el ser humano tiene que meterse ahí donde cree que va a estar bien”.
María del Carmen y María Aracelly siempre han ayudado económicamente. “Las dos han sido muy buenas hermanas, muy buenas con toda la familia” –coinciden en afirmar todos los allí presentes. Carlos Enrique es hijo de una prima de Gloria, vive en la casa y se considera “Ríos de apellido”. Es ingeniero industrial y estudia gastronomía en el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje, N. del A.). Comenta que María Aracelly, a pesar de todo, siempre quiso emigrar. Él también tiene pensado irse a otro país a montar un restaurante el día de mañana.
“¿Por qué a otro país?” –se enfada Gloria. “¡Si acá hay tanta riqueza, acá se puede también trabajar, y sobrevivir!”

















