La Familia de Carolina

Sus manos le delatan: nudillos como guijarros, dedos como maromas, uñas como conchas y alguna falangeta faltante. El mapa de toda una vida entregada a su oficio de mecánico industrial. Mario Ballesteros es un hombre parco y fornido que pareciera haber sido moldeado y forjado en el mismo taller que posee en Pereira, su ciudad natal.

El padre de Carolina Ballesteros es un hombre solitario. Separado de su mujer desde hace más de doce años, le tocó criar y educar solo a su hija, hasta que hace cinco años ésta decidiera emigrar a Madrid para reunirse con su madre.

Mario nunca quiso abandonar Pereira, su entorno, su oficio, su lugar. Mientras calibra y ajusta sus máquinas, explica: “Carolina fue a buscar algo mejor para su futuro. La mamá le consiguió los papeles y allá quedó, amañada en España. Hasta hoy todo le va bien”.

Si es escueto al hablar de su hija, más lo es al hablar de sí mismo. “Yo me quedé con un poco de soledad, viviendo en un apartamento, buscando la forma de defenderme, extrañando a la familia, pero frenteando la situación. Qué se le va a hacer”.

Cuando Mario se explaya a gusto es a la hora de hablar de su oficio. Explica con lujo de detalles la técnica para la obtención de una pieza fina y lograda, cuidando de desvelar cualquier secreto del oficio; su rostro adquiere una luminosidad particular cuando describe el funcionamiento de sus máquinas adquiridas hace años, la inversión de una vida de trabajo y a quienes pareciera considerar sus más cercanas amistades, sus confesores casi: diez o doce armatostes, taladros, tornos, fresadoras, herramientas industriales de pesada factura y aspecto obsoleto, pero que, en palabras de su dueño “funcionan mucho mejor que las modernas. “Las máquinas hoy día llevan circuitos informáticos, chips de esos, y cuando se estropean, no hay quien las repare y se pierde el trabajo. En cambio con éstas, yo sé que siempre le cumplo al cliente”.

Mientras termina de lijar los bordes de una áspera soldadura, el metalúrgico no escatima detalles sobre lo importante de la seguridad en su trabajo cotidiano. “Hay que protegerse siempre –afirma ajustando una visera que le resguarda los ojos de una ducha de chispas incandescentes, “no sólo las manos porque el metal sale caliente, o los ojos por las astillas, también los oídos, porque en un taller hay mucho ruido, uno no es siempre consciente de ello y se termina por afectar el sistema auditivo”.

Mario contempla la pieza acabada, se seca el sudor y confiesa que él y Carolina se comunican poco. “Es que yo soy muy malo para hablar por teléfono y todo eso. Hablamos en ciertas situaciones, o en días especiales”.

Internet y las tecnologías avanzadas no figuran entre los usos de comunicación de Mario.

Mario jamás solicitó ni esperó ayuda económica alguna de su hija ni de su mujer emigrantes. “Al menos hasta ahora no he tenido necesidades. No es que la situación esté boyante, pero uno trata de defenderse. Carolina me manda algún regalo en ocasiones especiales, tipo el día del padre, o alguna platica para Navidad para que me compre lo que quiera”.

Aunque prefiere no hablar mucho del tema, Mario opina que Carolina no ha hecho bien en irse a España antes de haber obtenido su título universitario. “Acá ella hubiera conseguido un trabajo de acuerdo a su estudio, en cambio allá en el extranjero tiene que trabajar en lo que consiga, nada que ver con su profesión”.

Pero a Mario no se le escapan las posibilidades académicas europeas, y como dándose consuelo añade: “Claro está que ella se fue apenas comenzando la carrera y ahora está retomando el estudio”.

Lo suyo decididamente no es la conversación, sino el trabajo. Para Mario Ballesteros resulta más fácil tornear, moldear o engatillar piezas de duro acero que tener que expresar con palabras unos sentimientos que prefiere guardar para sí mismo. Es una coraza por él mismo soldada, una coraza que no quiere dejar salir el material sensible que encierra.

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