Carmen y Aracelly

Las mellizas Carmen y María Aracelly Ríos son idénticas y distintas. Idénticas en potencia, distintas en amperaje. La energía de ambas es avasalladora. Carmen, vehemente, habla alto y gesticula puntuando sus convicciones; María Aracelly, aunque igual de tajante, expresa sus afirmaciones de forma más pausada, aparentemente menos pasional.

Nacieron en Pereira, ‘la ciudad donde nadie es forastero’. “Todos somos pereiranos” -sentencia Carmen, “hayamos nacido ahí o hayamos venido de otra parte, Pereira es la ciudad de las puertas abiertas, se la llama la querendona trasnochadora y morena, porque siempre está de rumba”.

Carmen llegó al aeropuerto de Barajas el 31 de diciembre de 2001, faltando escasas horas para que entrara en vigor la obligatoriedad de la visa. A ella le bastó con una simple carta de invitación. Quienes viajaron al día siguiente corrieron peor suerte.

María Aracelly no llegó hasta 2006, tras haberle sido denegada repetidamente la visa durante diez años. Como a tantas otras compatriotas, a Carmen y a María Aracelly les tocó emigrar apuradas por la cuestión económica. La diferencia es que María Aracelly siempre había soñado con viajar, Carmen nunca.

En Pereira dejaron a una familia numerosa: padres, hermanos, multitud de primos, tíos, sobrinos… cuyas fotos observan con emoción.

Carmen tiene viviendo consigo a su hijo Brian, de quince años, muy a gusto y perfectamente adaptado a Madrid. Su hija, en cambio, al cabo de un tiempo decidió regresar a Colombia, donde hoy está casada. “Yo viajé por sacar a mis hijos adelante, era prácticamente madre soltera, porque el papá de mi hijo trabajaba, pero… bueno…” -y hace una mueca que parece decirlo todo.

Para María Aracelly lo más duro fue dejar a sus dos hijas, de nueve y doce años, que quedaron al cargo de su padre y de su hermano. “Yo la plata se la mandaba a mi hermano, y eso provocó problemas con mi esposo, así que tuve que sacar a mis hijas de la casa que yo misma estoy pagando” -comenta con sereno enfado. Y añade, amarga: “La emigración estropeó mi relación con mi esposo”. María Aracelly envía regularmente dinero y habla con sus hijas por Internet cada ocho días. “No puedo más a menudo por que estoy de interna”.

Carmen interrumpe a su hermana afirmando: “Acá solo emigró mi hermana. Mis hermanos no vendrían jamás, ellos no abandonarían la tierra ni sus hijos. Saben que es muy duro, por todo lo que les he contado…” Entonces es María Aracelly quien a su vez interrumpe: “Cuando uno viaja a otro país, allá se imaginan que esto es un paraíso, pero aquí uno viene a ganársela berracamente, a luchar mucho… Uno acá es extranjero, aunque mi hermana ya tenga la nacionalidad española…” Y Carmen, elevando el tono: “Y es que la mujer es más berraca, la mujer piensa siempre en el futuro, el hombre piensa sólo en el momento… la mujer trabaja, trabaja… en ese sentido es más valiente, lucha por la familia con tesón…” María Aracelly también alza la voz: “Yo acá cuido abuelos y me dicen «¿por qué tienen que venir ustedes a quitarle trabajo a los españoles?» Y yo les respondo: «aquí las españolas no le limpian a usted el fundillo, señora»” Y nuevamente Carmen, más alto aún, impetuosa: “¡Son cuatro los que son ricos, los otros millones somos pobres!”.

Y así podrían continuar largo rato, tomándose el testigo una a otra, si no fuese que un dejo de amargura las hace ensoñarse y un corto silencio se impone. Pasa un ángel.

Al cabo de un rato, en tono pausado, Carmen retoma: “En todos estos años tuve ganas de volver, pero no quiero irme de acá con las manos vacías… quiero tener algún día una casa y un negocio…” Y como dándose ánimos, afirma: “el que persevera alcanza”.

Carmen trabaja en un bar desde hace nueve años y los clientes la aprecian mucho, pero ella afirma haberse sentido discriminada. “No me gustan las costumbres españolas… no poder bailar y hacer la rumba en mi casa cuando quiera, porque te tocan a la puerta… Me he ido adaptando de a poquito, pero para mí no ser yo misma ha sido lo más duro”.

Tal vez por haber vivido menos tiempo en España, esas menudencias no parecen afectar tanto a María Aracelly. Ella tiene las ideas bien claras: “Prefiero ganar más, aunque tenga que emigrar. Acá me ha ido bien, pero ahora todo se ha vuelto más difícil. Pensaba traerme a mis niñas, pero si esto no mejora, por el tema de la crisis, me voy pa’allá de una vez. Aunque ellas saben que yo estoy luchando por ellas, ellas necesitan el amor de la madre…”. 

Y la conversación vuelve a acalorarse cuando María Aracelly anuncia: “Yo me considero sobre todo valiente, por haber dejado a los afectos…” Carmen la interrumpe: “Yo no aconsejaría a nadie que emigrara”, pero María Aracelly no lo tiene tan claro: “Ahí apenas da pa’ lo justo, comer, vestir…” pero para Carmen no hay discusión posible: “Colombia es Colombia, para mí no hay otro país como Colombia”.

María Aracelly y Carmen siguen argumentando, pero están de acuerdo en que los vínculos afectivos son el fundamento mismo de su existencia.

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Comments
2 Responses to “Carmen y Aracelly”
  1. maria del carmen rios toro dice:

    ha sido una nota este proyecto,muchas gracias a todos los q lo hicieron realidad los llevare siempre en el corazon y ojala vuelvan haccer algo parecido y le den la oportunidad a otras personas ,muchas graciasssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss

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