Idalí
A María Idalí Pérez Ciro, nacida en Pereira el 10 de febrero de 1967 en una familia de ocho hermanos y escasos recursos económicos, le tocó empezar a trabajar con tan sólo trece años de edad. “Había que traer platica pa’la casa”.
Durante veinte años ejerció múltiples empleos, principalmente como operaria en fábricas y manufacturas -“¡Trabajé en todas las fábricas de Dosquebradas!” -comenta con orgullo, hasta que en 2000, tentada por tantos ejemplos de sus paisanas, decidió probar suerte y emigrar a Madrid. Su principal motivación: el porvenir de su hija. “Que no tuviera que pasar por tantas vicisitudes, como le han tocado a una…”.
La precedió un hermano, que ya llevaba algún tiempo en Madrid cuando Idalí viajó. Pero al quedarse sin empleo le tocó mudarse a Motril, donde su mujer consiguió trabajo. Su hermano y su cuñada intentaron convencerla de instalarse con ellos, pero Idalí sentía que su sitio y su suerte estarían en la capital. Y por ello, como movida por una corazonada, contra viento y marea se quedó en Madrid.
Hoy recuerda con una sonrisa los duros comienzos, cuando tenía tres trabajos al día: por la mañana como obrera en la construcción, por la tarde haciendo horas de limpieza y por la noche sirviendo en un restaurante. Así se mantuvo casi medio año, hasta obtener la residencia. Entonces le surgió un trabajo más estable, en un bar en Valdemorillo, ocupación que concilió trabajando además en un campo de golf. “Hoy las cosas han cambiado, hay muy poco trabajo. Pero gracias a Dios a mí nunca me ha faltado. Bueno, salvo ahora, que estoy en el paro…”
Su hija Alejandra -”la luz de mis ojos”- quedó en Pereira junto a Jhon Jairo, su esposo y a la madre de éste. Al año, Jhon Jairo consiguió los papeles para viajar a Madrid, trayendo consigo a la niña. La familia reunida vivió junta durante cuatro años, pero las cosas no salieron como Idalí lo había soñado. “Ni yo ni el papá teníamos tiempo, trabajábamos todo el día y la niña se quedaba sola, no era vida ni pa’ella ni pa’nosotros, así que decidimos que se volviera pa’la casa”. Consulta su reloj, como si tuviera prisa, reflexiona un instante y opina: “La emigración hace daño a los niños”.
Poco tiempo después la pareja se separó, pero Idalí afirma que Jhon Jairo ha sido siempre un padre muy responsable, y un buen marido. “No tengo queja alguna, más bien todo lo contrario”. Nueva pausa, nueva consulta del reloj y como corolario a sus reflexiones, afirma: “La emigración y el trabajo dañan la pareja”.
A Idalí no se le escapan las muchas diferencias que aún hoy subsisten entre el hombre y la mujer migrantes. El tono de su voz se vuelve más severo cuando afirma que “aunque una trabaje lo mismo, siempre le pagan menos que a un hombre. Se discrimina mucho a la mujer y más aún a la inmigrante”. Pero pronto trueca su ceño fruncido por una muequita entre resignada y dulce. “Pero es lo que hay…”
Es en parte por ello que Idalí opina que proyectos como estos son buenos no sólo para fomentar la convivencia entre inmigrantes y españoles, sino también para que se conozca mejor el rol de la mujer, que se sepa de su sacrificio, que no se diga que “se van de fiesta“. “Además, me encanta porque está participando mi hija…” -añade sin rubor ni falsa modestia.
Su hija ocupa permanentemente el pensamiento de esta luchadora. “Todas las semanas compro una tarjeta y llamo, o hablamos por el ordenador. Hoy gracias a Dios Alejandra está muy bien, vive con la abuela, y la casa está muy linda. Y aunque estoy el paro, yo siempre les colaboro a mi hija y a mi suegra”.
Y es que dos son los pilares que sustentan a esta mujer de solidez aparentemente indestructible: el amor hacia su hija Alejandra y su fe religiosa. Aunque dicha solidez oculte heridas que han dejado una marca indeleble, heridas cuyo escozor aún consiguen empañar sus ojos vívidos y su sonrisa franca. “Yo siempre le pido a mi Dios que a mi niña no le falte nunca nada, que nadie me la humille…” Entonces, tras una pausa, brota el recuerdo amargo: “Mi primera hijita se me murió…”
Pero Idalí pierde poco tiempo mirando hacia atrás, prefiere programar el futuro que repensar el pasado. “Hay que tener un humor a prueba de todo… blindarse y saber que se tiene un objetivo. Claro que pienso regresar a Colombia. Mi Dios mediante, si el Señor me da la bendición, pienso estar pronto al lado de mi niña. Ya es hora, después de tanto sacrificio…”
La vida de Idalí es el paradigma mismo de la emigrante pereirana, aquella que no escatima en esfuerzos, humildad, coraje y sacrificios con tal de lograr una vida mejor que la suya propia para sus seres queridos.

















