Sandra Milena

 

Luce en su rostro una sonrisa franca y confiada, la sonrisa de quien se sabe a resguardo de las inclemencias, la sonrisa de quien logra hallar satisfacción y alegría en cualquier situación, la sonrisa del optimista. Esta joven dinámica nació en Pereira en 1984 donde estudió y se graduó como profesional de Ciencias del Deporte. En 2009 se ganó una plaza para realizar un master en prevención y recuperación funcional de lesiones deportivas; le tentó la oportunidad de perfeccionarse en España, y aquí está.

Para Sandra, el trauma de la emigración no fue tal; todo le resultó más sencillo que para la mayoría de sus paisanas emigrantes; ella venía con beca de estudios y además sus dos hermanos mayores, que ya estaban viviendo en Madrid, la estaban esperando.

Años antes, toda la familia había intentado conjuntamente la aventura migratoria. La pionera fue su madre, poco después se unió a ella su padre, dejando en Pereira a los tres hijos. En Madrid, estuvieron veinte meses haciendo trámites y papeleos para traerse a los suyos, pero finalmente la reunificación familiar les fue denegada. Entonces regresaron a Colombia.

“Hoy todo se invirtió, quedaron ellos solos allá y los tres hijos estamos acá” –comenta, divertida por las vueltas del destino. “Así como ellos entendieron en su día la necesidad de emigrar, buscando la manera de darles un porvenir mejor a los hijos, lo mismo cuando yo decidí viajar todos me apoyaron. Eso me hace la estancia mucho más llevadera, estoy cercana a mi familia y me comunico con mis padres regularmente por teléfono e Internet”.

En Colombia, Sandra no pasaba dificultades. Trabajaba en la Secretaría de Deportes y Recreación de Pereira, con un contrato por meses y tenía planes de matrimonio con su novio. Pensaba que irían los dos juntos a España, “pero una ve las cosas allá de una manera, y acá se estrella con la realidad”. Cuando se hizo inminente el viaje, la decisión la tomaron entre ambos. “«Usted haga su master, estudie, es su futuro, miramos hasta dónde aguantamos»” -le dijo el novio. “Y aunque en la distancia, todavía estamos en ello… ¡aguantamos!” –y apoya el remate de su frase con una risita que encierra cierto orgullo y aplaca cualquier dejo de nostalgia.

En estos años, Sandra no ha notado ningún beneficio ni perjuicio por el mero hecho de ser mujer. Tampoco se ha sentido discriminada en su condición de extranjera, “máxime que en el medio académico siempre se valora el intercambio, ya que uno siempre aporta también algo de lo de allá”. Otra cosa es la relación con los compañeros, o la amistad. Aunque tiene excelente trato con todos, admite que se relaciona más con extranjeros. “Con los españoles, pues…” -parece pensar bien lo que quiere decir. “Es que los extranjeros tiramos más a los extranjeros, no sé por qué… Los españoles van… muy a lo suyo, con sus amigos, en su ambiente… O a lo mejor he sido yo la que no me he integrado con ellos, no sé…” Llegado a este punto, opta por callar y brinda su sonrisa sin réplica.

No ha viajado a Pereira desde que se instaló en Madrid. Piensa hacerlo una vez que cumpla su objetivo. “Entonces aprovecharé en Colombia lo que he estudiado aquí”. Por ahora, puesto que no le han homologado su título, trabaja entre semana en la hostelería, junto a un hermano y los fines de semana se dedica al estudio.

“Es muchísima la gente que se ha quedado ‘huérfana’, por así decirlo, debido a la emigración” –afirma. Por ello, el proyecto Un hecho tres miradas en el que participa, le parece muy interesante, ya que rara vez o nunca se ha destacado el papel de la mujer inmigrante en España y especialmente de la mujer pereirana.

Su sonrisa se acrecienta más aún si cabe al contemplar las fotos que tomaron sus padres en Pereira. “Mira, la casa… qué chévere…” Recorre detenidamente las imágenes y observa: “Hoy mis padres piensan que ha sido un error el haber regresado. Aunque están bien allá, económicamente dependen de nosotros… Ellos querrían estar aquí, a pesar de su edad encontrarían trabajo, allá no…” -piensa un instante y corrige: “bueno, ahorita acá tampoco”.

Se la ve con cierta prisa por retomar sus actividades, por no derrochar una concentración que debe orientar al logro de una meta. Consciente de su privilegio, Sandra valora lo que la providencia, conjuntamente con sus esfuerzos y los de su familia, parece haberle deparado. Aún así, sabe que ha de luchar y progresar.

Esboza la sonrisa de quien tiene las ideas claras.

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